La segunda vez que me emborraché.

En ese momento no era necesario que hiciera ni dejara de hacer nada, simplemente estar ahí.  Creo que esa era la segunda vez que me emborrachaba. Tenía 15 años, una edad algo tardía para empezar a beber, aunque por aquella época me daba la sensación de que todo iba mucho más lento que ahora. La mayoría de los chicos no empezaban a fumar hasta los 13 o 14, follaban a los 17 y trabajaban por primera vez a los 22. No obstante siempre he conocido a alguien que se fumó su primer porro a los 11, folló a los 12 y trabajó a los 13… la verdad es que a mi la edad de cuando hacía por primera vez las cosas me importaba bastante poco. Lo único que me preocupaba era la creciente insatisfacción que estaba empezando a surgir debido a no poder hacer nada de lo que quería hacer. Yo tardé mucho en empezar a hacer cualquier cosa. Eso fue algo que me dejó huella hasta ahora… como si de algún modo sintiera que hasta entonces yo había sido un jodido inválido al que no le dejaban probar las pocas cosas buenas de las que uno puede disfrutar si sabe hacerlo.

Como había empezado a decir yo estaba en esa casa asquerosa, propiedad de los padres del amigo de un amigo, el cual yo había conocido cinco minutos antes y ya detestaba. Era como aquellos niños que siempre habían conseguido tener un scalextric gigante en su habitación y al cual sus padres le creían el niño más angelical del mundo. Pero lo cierto era que ahora Fran, Quero, Pablo, y yo estábamos en el cuarto de ese capullo fumando maría y bebiendo el vino muy muy caro de sus padres. Ellos estarían en Tunez o en cualquier país europeo que fuera más bonito que la mierda de península en la que todos nosotros seguimos viviendo. Fran era el chico con menos personalidad de toda mi clase, siempre me seguía ese orejudo fuera donde fuera, era una puta doble sombra encorbada; Quero era el que mejor me caía, pero tres años después se iría a estudiar periodismo a Barcelona y no le volvería a ver más, a excepción de dos ocasiones en las que nos encontramos por casualidad. Al encontrarnos finjiriamos mucho interés el uno por el otro. Creo que le fue bien su nueva vida, pero nunca estaré muy seguro; Y de Pablo no sabía casi nada a excepción de que era amigo de Quero.

De fondo se escuchaba la música que tenía el vecino del capullo ese. Creo que podría ser Pearl Jam pero por aquella época yo no sabía quien coño eran los pedantes de Pearl Jam. Todo empezó a parecerme maravilloso. De repente Fran me caía genial, ese momento me resultó totalmente agradable y la vida no me parecía tan vacía en ese momento. Ellos estaban emborrachándose tanto como yo y Pablo comenzó a vomitar sobre las sábanas de la cama del “capullo ese”. Ese fue el momento en el que sentí que nos relacionábamos realmente. Antes de eso simplemente estábamos sentados cada uno en una parte de la habitación mientras bebíamos y fumábamos. Mirábamos al gotelé de la pared y yo por lo menos en ese momento hacía un balance de mi vida, y pensaba en lo que iba bien y en lo que iba mal, algo que seguí haciendo habitualmente cada vez que bebía whisky o ron o cualquier bebida que consiguiera evadirme un poco de esa consciencia tan neutral y cruel. Abrí un cajón y encontré una navaja de esas que ocultan su hoja dentro del mango y se doblan por un lado. La saqué sin que el bastardo se diera cuenta y rajé un poco de pared. Los trozos de pintura blanca cayeron sobre la alfombra granate que cubría el suelo. En ese instante el capullo ayudaba a incorporarse a Pablo. Yo salí de la habitación y pasé por el salón aún con la navaja en la mano. Abrí un cajón situado al lado del gran televisor negro y metí ahí la navaja. Dentro de ese cajón estaba el mando a distancia de la tele. Me lo llevé conmigo a la terraza. Fuera hacía frío, había llovido y se podía oir continuamente el sonido de los coches pasando por el mojado asfalto. Al fondo una sirena de policía. Justo debajo de mí había un grupo de chicos y chicas, unos nueve. Llevaban bolsas en las manos seguramente con bebidas. Creo que por aquella época se empezaba a poner en el lenguaje habitual de todo el mundo la palabra “botellon” aunque sinceramente no tengo ni puta idea de si ya estaba antes o no y la verdad es que no me importa. Pensé en la chicas y en esos chicos que iban con ellas. Me sentí bastante insignificante y solo. Agarré con fuerza el mando a distancia y lo tiré lo más lejos que pude. Oí el sonido del plástico rompiéndose contra las baldosas de la calle. Hacía demasiado frío. Volví a meterme dentro.

4 comentarios to “La segunda vez que me emborraché.”

  1. Cuando yo era mas joven siempre fue botellada, botellon a mi cuando salio me sonaba mal, ahora ya me he acostumbrado

  2. La segunda borrachera siempre es más trágica que la primera. Uno ya mantiene cierta conciencia sobre los resultados de los efectos alcohólicos, buscando siempre algo parecido a la “complicidad”, babeando, intentando sonreír, intentando no sentirse tanto.
    Lo curioso del alcohol es que siempre tiene un efecto contrario al que se espera. Al final uno no tiene “cierta” conciencia sino que la tiene en sí (aunque se niegue mucho, uno la tiene), y al final uno siempre se siente mucho más y termina -empujado por fuerzas misteriosas- envolviéndose en actuaciones bastante penosas que van desde la manifestación del ridículo connatural a nuestros huesos hasta, por ejemplo, el sostener navajas o el destrozar cosas sobre las felicidades triviales y simplonas ajenas que la cruenta conciencia propiciada por el alcohol nos manifiesta como imposible para nosotros mismos. Sí, así es.

  3. ¿Realmente fue hace tanto tiempo? Los años pasan, y tu silencio se estanca conforme pasan los meses. Supiste callar sin aviso previo.
    Que sepas… que hay quienes aún te recuerdan, aunque no sepan de ti otro nombre que no sea Yulius Clark.

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